lunes, 9 de febrero de 2015

Solo para locos

Por: Rafael Fernández Jiménez 1°AC

"Erase un hombre, de nombre Harry, llamado el lobo estepario"
                                                                             
      Der Steppenwolf o, en español: el lobo estepario es una novela escrita por el autor alemán Hermann Hesse  publicada en 1927. Esta obra se desarrolla a partir de una serie de manuscritos en los que el protagonista, Harry Haller (una especie de alter-ego de Hermann Hesse), un hombre culto, talentoso e inteligente; narra su vida, caracterizada por una profunda depresión y misantropía, un odio sin límites al orden social burgués de la época; hasta que conoce a una misteriosa chica llamada Armanda, que intentará enseñarle a amar las pequeñas cosas de la vida y a “matar” al “lobo estepario” que encierra en su interior.

     Comentar esta obra es tarea difícil debido a su abundancia de metáforas y alegorías sobre la vida, sobre todo al final de la obra, en el llamado “Teatro Mágico”(sí, de ahí viene el título del blog),  en el que no se distingue entre fantasía y realidad.

        En primer lugar, me gustaría comenzar hablando un poco acerca del protagonista. Harry Haller: el lobo estepario (como el mismo se autodefine), es un hombre que ama por encima de todo la cultura y la filosofía y que detesta la “degradación” de esta en la sociedad actual. Odia la literatura de sus contemporáneos como a la música de jazz, asimismo como a la sociedad actual, superficial, cómoda y deshumanizada. Vive aislado del mundo, y sus únicos y escasos momentos de felicidad se reducen al leer sus autores literarios favoritos (Goethe, Dostoievski…) o al escuchar a sus compositores favoritos, en especial Mozart. Su náusea constante hacia el mundo le lleva a comportamientos suicidas. Y para colmo, en uno de sus paseos nocturnos encuentra una especie de folleto llamado Tractac del lobo estepario: no para cualquiera, un texto de gran dificultad (el que tuve que leer dos veces para comprenderlo) en el que habla acerca de él mismo, de su psicología y filosofía (no entraré en detalles, se podrían escribir varias hojas solo del Tractac)

        Y es que, en cierto modo, me he sentido identificado con la forma de pensar del protagonista (con la forma de pensar, no de vivir). Y por ello voy a salir en su defensa, le entiendo perfectamente. Yo, como amante de la música clásica, quizás futuro estudiante de dirección de orquesta y admirador de los grandes maestros pasados, Wagner, Mahler, Bach, Tchaikovisky… (podría estar horas mencionando autores), no puedo evitar, sentirme terriblemente frustrado por el poco valor que la sociedad actual les da, considerándola “aburrida” y “para viejos”, prefiriendo los temas que suenan actualmente en la radio, música cada vez más simple armónicamente, falta de riqueza melódica y con un sentido lírico que roza lo patético (existen excepciones, claro está), y, considerándoseme a mí un aburrido que “no está en la onda”. Prácticamente nadie entiende mi goce personal al escuchar cosas tan excelsas tales como Tännhauser, la octava sinfonía de Mahler o las variaciones de Goldberg de Bach, llegándoseme a considerar un “tarado mental” o un “friqui”. En esos momentos no me puedo sentir más identificado con el lobo estepario que nunca. ¿Acaso la repulsión que sentía Haller hacia el jazz (nota: yo no tengo nada en contra del jazz) y la música de baile de la época no es la misma que siento yo hacia la música comercial actual?

Harry encuentra en sí un hombre lleno de ideas, de sentimientos, de naturaleza dominada y sublimada; y a la vez encuentra al lado al lobo, un mundo sombrío de instintos, de fiereza, de crueldad, de naturaleza ruda, no sublimada, fiera, caótica".
            Pero el odio de Haller a la sociedad  llega a tal extremo que siente deseos de suicidarse. Y cuando parece haber sucumbido ante este, aparece Armanda y le saca del infierno en el que se hallaba sumido. Con Armanda, este lobo estepario aprende (o mejor dicho, intentará aprender) a reírse, a disfrutar de las pequeñas cosas de la vida, a disfrutar de los goces terrenales y simples de la sociedad. Armanda intenta enseñarle que, aunque no vaya a disfrutar más que escuchando o leyendo a los clásicos, se lo puede pasar bien dejando a un lado lo espiritual y dejándose llevar por el mero disfrute del momento.  Resumiendo: aprender a reír.

            Tras conocer a Armanda, conocerá a Pablo, un saxofonista de la orquesta de jazz que es la encarnación de ese modelo de hombre que, por así decirlo “vive la vida”. Y este le llevará a su Teatro Mágico, lugar en el que la novela se vuelve surrealista. En este extraño sitio, Haller entrará en cinco puertas con diferentes situaciones dentro de cada una, cinco alegorías sobre su vida. Reflexiones sobre el futuro del mundo, la guerra, y la “individualización” del “yo” estarán a la orden del día en el Teatro Mágico. ¡Incluso aparecerá Mozart en persona! Lástima que nuestro entrañable lobo estepario no aprendiese nada… porque acaba asesinando terriblemente a su amada Armanda al vrerla desnuda con Pablo. Y no aprendió nada porque, conforme a las enseñanzas de ella y a las reflexiones que irá soltando el músico del período clasicista, no había aprendido a reír. Lo que tendría que haber hecho es simplemente reírse de sus propios celos. “Temías perderla y la has asesinado” Tajante Mozart con estas palabras. Sin embargo, Haller  no se rinde, y promete a Pablo y a Mozart que aprenderá a jugar al juego de la vida.

La soledad era fría, es cierto, pero también era tranquila, maravillosamente tranquila y grande, como el tranquilo espacio frío en el que se mueven las estrellas" 
            Independientemente de otras reflexiones que se pueden sacar de esta obra y que no comentaré por no alargar aún más el comentario, el mensaje principal de  el lobo estepario se podría resumir con esta sentencia de Mozart: Toma en serio lo que es digno, y ríete de lo demás”. En cierto modo, disfrutar con los grandes clásicos musicales y literarios pero al mismo tiempo disfrutar de los pequeños vicios burgueses. Y esta cuestión llevará a uno a reflexionar cuestiones tales como: ¿Vivir una vida vacía, superficial, carente de objetivos como un borrego pero “cómoda” y fácil dentro del rebaño social, o llevar una vida profunda y auténtica pero acabar caídos en la soledad y el desengaño personal? Sinceramente, mi más humilde opinión, es que no debemos acabar como nuestro entrañable lobo estepario, la sociedad en la que vivimos, nos guste o no, es la que nos ha tocado, y eso no lo vamos a poder cambiar. Sin embargo, no estoy del todo de acuerdo con el ideal que pretende transmitir Hesse con esta novela. Vale, la sociedad en la que vivimos, nos guste o no, es la que nos ha tocado, y hemos de vivir en ella lo mejor posible, no debemos convertirnos en lobos esteparios. Pero sin embargo, a mí por lo menos me resulta imposible tomarme la vida con tanto humorismo como Armanda, porque no puedo concebir una sociedad deshumanizadora, falta de objetivos y que no sabe apreciar una gran obra musical o literaria, una sociedad a la que le resulta indiferente todas las guerras, el problema del fundamentalismo islámico y demás. Me resulta imposible hacer uso de ese autoefecto placebo que proponen Armanda y Pablo. Con esto no quiero decir que tengamos que convertirnos en Harry Haller ni mucho menos, está claro que hay que tomarse la vida con humorismo. Pero lo que quiero decir, es que este humorismo no nos lleve a convertirnos  en borregos,  debemos de intentar, en la medida en la que a uno le sea posible criticar los males de la sociedad e intentar iluminar aunque sea unas pocas conciencias. Quizás solo así se pueda construir una sociedad menos deshumanizadora en un futuro y que sepa apreciar aquellas cosas que hoy considera solo para locos.

            El lobo estepario me ha parecido un muy buen texto que puede hacernos reflexionar sobre cuestiones ya habladas aquí y otras más, pero, sin embargo, por ser en ocasiones demasiado “deprimente” y con partes difíciles de interpretar, si tuviese que recomendar un libro de Hesse, recomendaría antes Demian, es mucho más entrañable y bello a mi parecer.

             Y para terminar, os dejo un breve fragmento de la película homónima basada (obviamente) en esta novela. Este corresponde al Tractac del lobo estepario: No para cualquiera.




¿Cuántos ciegos hacen falta para hacer una ceguera?

Por: Rafael Fernández Jiménez


         Ensayo sobre la ceguera es una novela escrita por el portugués José Saramago en la que una extraña epidemia azota a todo un país, una especie de “ceguera blanca” que se extiende rápidamente por toda la población, causando el caos en esta y llevándola a una desenfrenada lucha por la supervivencia, en la que los protagonistas se dejarán llevar por sus más bajos instintos.

            En primer lugar, quisiera decir (y aunque a más de uno le entren ganas de mandarme al infierno por esto) que me parece un título sobrevalorado. Y no, no lo criticaré por criterios estilísticos tales como eliminar los signos de interrogación o puntos y comas, por no separar los diálogos de los personajes o porque los personajes no tengan nombre. Lo criticaré simple y llanamente porque me pareció un tostón. Vale que la idea del libro esté bien, vale que el lector pueda sacar conclusiones interesantes del argumento; pero su prosa densa y llena de cultismos innecesarios hace la lectura un tanto pedante y tediosa. Es la primera obra de Saramago que leo, así que tampoco puedo hablar con mucho conocimiento; pero en fin, diría que Ensayo sobre la ceguera es uno de aquellos libros que muchos engrandecen, pero que la mitad no lo han leído. De aquellos que da mucho gusto y regocijo tener en nuestras estanterías, pero que muy pocos tendrían la osadía de leer entero.

            Me vendieron a Saramago como un agitador de conciencias. No sé qué conciencias se podrían agitar si (al menos en lo que refiere a mi experiencia personal) terminas el libro por mero orgullo personal y no para disfrute propio. ¡Deseando estaba de acabarlo! Vale, sí, se puede reflexionar acerca de cómo el miedo transforma al ser humano. Se puede sentir desprecio por como el Estado encierra a los primeros ciegos afectados por la epidemia en un manicomio, puédase sentir desprecio por los cobardes soldados que disparan al ciego herido solo por pedir ayuda, desprecio por todo el ser humano en general que, tras verse amenazados ante una desoladora tragedia como el brote de ceguera, no dudará en echarse al más puro sentimiento individualista e insolidario que tiene ciertos símiles en la sociedad actual. Y por supuesto, uno no puede evitar conmoverse con los actos de bondad de una mujer con el niño estrábico que echa de menos a su madre, o con los actos de valentía de la esposa del médico (la única mujer vidente en el manicomio), como se enfrenta a  la banda de violadores y como consigue comida para todos los ciegos una vez fuera del manicomio, estando la ciudad en un completo caos. Y claro, al ver estas acciones valerosas y en cierto modo “altruistas” (ya que la mujer del médico podría vivir perfectamente ella sola ya que aún  posee la capacidad de ver, no tiene por qué ayudar a una pandilla de ciegos desamparados), nos damos cuenta de que el mundo no necesita grandes héroes al más puro estilo del cine americano, si no pequeñas heroínas como esta mujer, que ayuda a su prójimo en la medida en la que es posible; y que si todos fuésemos un poco como esta, el mundo podría ser un poquito mejor. Y efectivamente, la sociedad actual se parece un poco a la que describe Saramago, una sociedad sin escrúpulos en la que ha aflorado el más puro sentimiento individualista, vemos a nuestro semejante como un mero medio para conseguir nuestros fines personales y no como una persona como nosotros a la que podemos aportar algo y ella también a nosotros. Van desapareciendo los principios éticos y morales y aquella persona que nos saludaba hace dos días y no dudaba en “hacerte la pelota”, hoy pasará por tu lado y no te mirará a la cara. Parece mentira que en plena época de las nuevas tecnologías y de las redes sociales podamos estar más incomunicados que nunca.

            Ahora bien, todo lo anterior, lo reflexiono, en cierto modo, por “obligación”. Porque este libro no es de aquellos que me han causado una reflexión instantánea, de aquellos que tienes que parar de leer para asimilar ciertos párrafos e incluso filosofar lo que quieren decir estos. Las reflexiones anteriores en cierto modo las estoy forzando para escribir una reseña, pero no afloraron de mí en el instante en que las leía. Pienso que Saramago tuvo una gran idea con Ensayo sobre la ceguera, pero que su lenguaje plagado de pedantería y cultismos innecesarios impide ver el mensaje que esconde este libro. No es como títulos otros títulos los cuales me causaron una gran impresión desde el primer momento, ya sea de índole política y social como 1984  de George Orwell o Fahrenheit 451 de Ray Bradbury; o filosófica, como La muerte de Iván Ilich o Demian de Lev Tolstói y Hermann Hesse, respectivamente.

            Y no quiero terminar sin comentar el final. Pienso que Saramago se quedó completamente en blanco. ¡Si, como los personajes de su libro! (definitivamente, no creo que me pueda ganar la vida como humorista). Pone una solución digna de ser tildada de mágica: la ceguera desaparece instantáneamente. Parece ser que al Premio Nobel portugués no le convenía seguir escribiendo.

            En conclusión, pienso que es una obra sobrevalorada, pero no por ello deja de ser, en cierto modo, un libro interesante por las similitudes que se pueden encontrar con la sociedad actual. Quizás sea el único que piense esto y merezca el infierno literario por criticar una de los supuestos textos imprescindibles de la narrativa contemporánea, pero quizás lo que haga bonito el mundo (aunque sea un poco) es que se pueda discutir acerca de cualquier cosa, siempre desde el respeto.



lunes, 19 de enero de 2015

Sonata a Kreutzer, el amor, los celos... y Schopenhauer

   Por: Rafael Fernández Jiménez. 1°AC                            
                 

            Sonata a Kreutzer es un relato o novela corta escrita por Lev Tolstói en el siglo XIX, en la que narra como Pózdnyshev, el protagonista, le cuenta a un pasajero de su mismo tren los motivos que le impulsaron a matar a su mujer.

            Si tuviese que escoger una palabra para describir este relato, elegiría “demoledora”. Tolstói no se anda con rodeos, es claro, conciso y directo; no le hace falta añadir adornos innecesarios y cultismos exacerbados para llamar la atención del lector desde el primer momento.

            Tolstói, con esta obra, reflexiona, y nos hace reflexionar (al menos a mí) sobre temas como el amor, los celos, el matrimonio y el sentido de este último.

            El protagonista, es un hombre que no cree en el amor. En efecto, cree que tanto este como el matrimonio son una especie de “autoengaño”. Yo no sé si Tolstói conoció a Schopenhauer, pero Pózdnyshev parece una especie de “reencarnación” o “álter ego” del pesimista alemán. Al menos en cuanto al tema del amor se refiere, teniendo ambos un pensamiento muy parecido. Schopenhauer decía que el amor es una trampa que puede acabar con el odio mutuo, hasta el punto de llegar a matar a tu pareja. Podría decirse que, Pózdnysehv es un claro ejemplo de la teoría de Schopenhauer.

            La evolución psicológica del asesino es curiosa cuando menos. Primero “cree” estar enamorado, considera a su prometida como la perfección absoluta, y se propone ser fiel a ella. Pero estaba terriblemente ciego. Su relación era plenamente “carnal”, no “espiritual”, apenas hablaban. Y así les fue. Tras la luna de miel comienzan los problemas, las discusiones… contratiempos que solucionaban “comportándose como cerdos”. Y llegan los hijos, y con ellos, aún más problemas. Este “loco enamorado” empieza a odiarla, y ella también a él; un sentimiento claramente recíproco. Y entonces,  llegó el detonante de tan trágico final, llegó el supuesto amante, un músico semi-profesional de poca monta. Los celos se intensifican aún más. Esto es lo que más me llama la atención. ¿Tener celos por alguien a quien odias? Pues sí, porque, aunque la odiase, era suya, era una mera posesión. Y pese a que la música, esa Sonata a Kreutzer de Beethoven le hiciese sentir emociones nuevas y le transladase a un estado sentimental que “no le correspondía”; al volver de su viaje y encontrar a su mujer con aquel músico, no pudo evitar matarla. Y tras matarla ya se dio cuenta de lo que había hecho, y de su gravedad.

            No sé qué quería decir Tolstói con esta obra. Si solamente quería criticar la “vida de depravados” de la sociedad rusa de la época, pero creía posible la institución del matrimonio basándote no solo en lo meramente carnal; o por lo contrario, pensaba como el ya citado Schopenhauer, que el amor no es más que una mera trampa de nuestros instintos para continuar la especioe. Sinceramente, creo que Tólstoi era más de esta última opinión, ya que en un párrafo, Pozdnyshev propone como ideal la abstinencia sexual generalizada y el poder ser felices nosotros mismos sin caer en la trampa del amor, a pesar de la extinción de la especie, suceso sin importancia ya que, según él, la Humanidad ya habría cumplido su objetivo final. El amor, entonces, no sería más que un obstáculo para alcanzar este ideal propuesto por el asesino.


            No me voy a “mojar” (hablando coloquialmente) sobre cuál es mi ideal, ya que soy muy joven cómo para poder dar una opinión sobre tal cuestión, e intentar sacar una conclusión ahora mismo sería un procedimiento nada empirista, pero si quisiera decir que Sonata a Kreutzer es una lectura intensa que dejará buen sabor de boca.

¿Fue Ray Bradbury un profeta?

Por: Rafael Fernández Jiménez 

         
                                                        "Era un placer quemar..."

                   Fahrenheit 451 es una novela de ciencia ficción distópica, en la que se describe un mundo en el que, paradójicamente, los bomberos no tienen que apagar incendios, sino provocarlos para quemar libros, ya que en dicho mundo están terminantemente prohibidos.

  Echemos mano a la historia. En efecto, la quema de libros no es solo una mera invención de Ray Bradbury. Ya se quemaban libros en la época de la Inquisición. La Alemania Nazi también quemó libros, y el Chile de Pinochet. Pero no hace falta fuego necesariamente para quemar libros. Si no se leen estos, ¿qué más da que los quememos o no? El efecto es el mismo. Puede que esté exagerando, pero... ¿acaso la sociedad descrita en esta novela, una sociedad a la que no le gusta pensar y que es "feliz" con los vicios y la manipulación que el "Gran Hermano" nos proporciona, no es muy parecida a la actual? Y es que estamos más pendientes de la televisión y el fútbol que de nuestros propios derechos. "La televisión, esa bestia insidiosa, esa medusa que convierte en piedra a millones de personas todas las noches mirándola fijamente, esa sirena que llama y canta, que promete mucho y da poco"

          Con estas últimas palabras, Bradbury, allá en 1954, describía con total precisión uno de nuestros principales males sociales. Pienso que si Karl Marx hubiese nacido en este tiempo, hubiese cambiado "religión" por "televisión", en su celebérrima frase "La religión es el opio del pueblo" Y bien, ¿quién nos suministra este "opio"? Las altas esferas, el "Gran Hermano", por llamarlo así. ¿Por qué? Porque les interesa, y mucho. Les interesa que seamos tontos, ingenuos y "felices", como en el país de Montag. Les conviene llenarnos la mente de porquería e inculcarnos objetivos vacíos. ¿Por qué no nos inculcan el desarrollar nuestro pensamiento y sabiduría y a no estar sometidos a la manipulación? Porque esto último sería un grave peligro para el sistema económico en el que vivimos. Bueno, y social, no les conviene (me repito como un loro) que haya una revolución, les es más cómodo seguir con el culo pegado a la silla sin hacer nada.

            Y es que, leer está mal visto, al menos, por la juventud de ahora, MI juventud. Y no quiero venir aquí de "sabiondo", soy el primero que sabe que debe y puede leer más (a veces me maldigo por ello), pero, hace unos días, iba comentando con un compañero en los pasillos del instituto otra de las grandes distopías del siglo XX: 1984; y me llamó la atención que varias personas me mirasen de repente como si fuese subnormal. En ese momento no me pude sentir más identificado con Clarisse, aquella niña que estaba "zumbada" (adorable a mi parecer), pero que hizo que Montag se replantease la vida.

Montag, al final del la obra, hace una bonita reflexión basándose en la figura de su abuelo: "Cuando alguien muere, debe dejar algo tras él". Pero no se qué dejará mi generación, si vivimos en un infierno del conformismo, sin ninguna inquietud que nos "realice" como personas, simplemente pendientes del amplio catálogo de basura televisiva o de la misma bazofia viral que circula por Whatsapp. En cierto modo, Fahrenheit 451 es una alegoría de nuestra sociedad, con la única diferencia de que nosotros somos más eficientes y nos ahorramos el trabajo de quemar los libros, simplemente no los leemos. Podríamos llamarlo un genocidio silencioso de la cultura.
                        
Si 1984 es la distopía que podría hacerse realidad en un futuro,Fahrenheit 451 es la distopía que, en cierto modo, ya es realidad. Sin embargo, hay una gran diferencia: y es que si 1984 es totalmente trágica, Fahrenheit 451 da lugar a un ápice de esperanza. Aunque hayamos pasado de largo de los libros durante siglos, aunque el ser humano no aprenda de los errores de la Humanidad y aunque vayamos camino de cometer los mismos errores que cometieron Hitler o Napoleón... ¿Habrá algún día, en el que el ser humano, se ponga a leer seriamente, reflexione, y nunca más se cometan estos errores ya cometidos anteriormente? Pero en fin, Manuel Azaña dijo todo lo que acabo de decir yo sin tener que extenderse tanto: "En España, la mejor forma de guardar un secreto, es escribir un libro" 

             En conclusión, aquí somos más eficientes y no nos hace falta quemar libros. Ah, y también nos gusta mucho escribir en el papel pautado (a saber por quién). Quizás deberíamos aprender de Juan Ramón Jiménez. Él le daba la vuelta.


                                         
                                                Esta es la cita que prologa "Fahrenheit 451"